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lunes, 21 de diciembre de 2015

Un producto humilde, dos platos de fiesta: crema de remolacha asada, puerro y ajo negro + bizcocho de chocolate y remolacha {Navidad sostenible con Ventanas Verdes}


Lo he repetido tantos años ya que debo resultar cansina, lo sé. No me gustan las Navidades. No. Desde hace unos años tengo mis particulares motivos, pero incluso antes no me gustaban porque el rollito este de la bacanal del consumo no va mucho conmigo. Consumo excesivo en muchos sentidos. En estas fechas compramos demasiado, comemos demasiado, y en muchos sitios mucha de la comida que se prepara, más abundante de lo habitual por ser las fechas que son, se termina tirando. Así que cuando este año surgió la propuesta entre las Ventanas Verdes de hacer un menú navideño "sostenible" me pareció una idea estupenda, que podría ayudar a mucha gente que o bien no quiere o bien no puede realizar grandes dispendios por mucha Navidad que sea.

La idea era preparar un plato y dar ideas de lo que se podría hacer con las sobras, o bien preparar platos festivos sin necesidad de ingredientes caros. Yo opté por esta última opción. Decidí usar un producto humilde, la remolacha, que en mi caso es de mi huerta pero que creo que no supera el par de euros por kilo en el mercado, si no me equivoco. Pues bien, con un kilo de remolacha se puede hacer un primero y un postre, muy resultones, para seis personas. Y además, muy sencillos de preparar.

La base de partida es asar las remolachas. Lo único que hay que hacer es calentar el horno a 200ºC, lavar las remolachas y cortarles los tallos, y ponerlas en una bandeja. Las horneamos una hora-hora y media, hasta que se puedan pinchar fácilmente con un cuchillo. Las sacamos del horno, dejamos que se enfríen, las pelamos, y a continuación podemos hacer estos platos.


Crema de remolacha asada, puerro y ajo negro

Ingredientes:
~750 gr de remolacha asada
un puerro
3 dientes de ajo negro (se pueden sustituir por ajos asados)
un chorrito de aceite de avellana (opcional)
sal y pimienta
yogur natural para acompañar

Preparación:
Rehogar el puerro en juliana con un poco de aceite de oliva. 
Triturar la remolacha con el puerro, el ajo negro y el aceite de avellana, añadir agua hasta conseguir una crema más o menos espesa, según nuestro gusto.
Servir caliente, y acompañada generosamente de yogur natural batido.


Bizcocho de chocolate y remolacha, con glaseado de agua de azahar y semillas de amapola

Ingredientes:
250 gr de chocolate al 70%, troceado 
3 huevos
175 gr de azúcar moreno 
70 ml de aceite de oliva virgen
1 cucharadita de extracto de vainilla
125 gr de harina
1/2 cucharadita de bicarbonato
1/2 cucharadita de levadura de repostería
50 gr de almendras molidas
250 gr de puré de remolacha asada

para el glaseado: mezclamos azúcar glas (~6-7 cucharaditas) con agua de azahar (~2 cucharaditas)
semillas de amapola

Preparación:
Calentar el horno a 180ºC.

Forrar con papel de horno y engrasar un molde de bizcocho.
Derretir el chocolate en un cazo a fuego flojo (o en el microondas si os apañáis bien con él). 
Batir los huevos con el azúcar y el aceite de oliva, añadir la vainilla, la harina, el bicarbonato, la levadura y la almendra, y mezclar lo justo para no tener grumos.
Añadir el puré de remolacha asada y el chocolate.
Pasar la mezcla al molde, y hornear 50 minutos.
Dejar que se enfríe por completo antes de desmoldarlo. Cuando esté frío, echamos por encima el glaseado y espolvoreamos con semillas de amapola.

Como siempre, os invito a que abráis el resto de Ventanas, que tienen unas propuestas maravillosas.  ¡Y aprovecho para desearos un buen (y sostenible) solsticio y un feliz 2016! Yo volveré el año que viene, ¡espero que con más frecuencia!

jueves, 26 de marzo de 2015

Bizcocho de halva y nueces de Ottolenghi {Recetas con sésamo con Ventanas Verdes}


Llevo dos meses sin publicar, por la sencilla razón de que el tiempo se pasa volando al lado del cachorrillo. Cada día hace algo nuevo: agarrar el biberón, morderse los pies, quitarse los calcetines....tonterías en apariencia que son signos de que su cerebro funciona a toda caña, haciendo conexiones neuronales que le durarán toda su vida y aprendiendo los movimientos que en el futuro le permitirán caminar, escribir... las bases de todo lo fundamental de la vida se asientan en unos pocos meses. Sabiendo que tendría que volver al trabajo en breve, he intentado no perderme nada. Ahora sólo nos vemos por las tardes, pero es entrar en casa y el granujilla estira sus bracitos hacia mi y me echa una gran sonrisa. Pero el reto mensual de las Ventanas Verdes era una buena excusa para volver a aparecer por aquí. Además, me siento responsable del ingrediente que hemos elegido para nuestras recetas de este mes: el sésamo. Soy culpable de haber contagiado a algunas de nuestras ventanitas mi adicción al pan con tahini y miel. Y mi nuevo vicio: la halva.

La halva, cuyo nombre viene del árabe halwa (dulce), es una especie de turrón blando que se prepara con tahini, azúcar o miel, y raíz de malvavisco (Althaea officinalis). Es muy popular en Oriente Medio, Turquía, pero también en los Balcanes, en donde se suele preparar con semillas de girasol en lugar de con sésamo.


D. y yo nos aficionamos a la halva, o helva como la llaman en Turquía, cuando vivíamos en Holanda, en donde la vendían al peso en muchas tiendas de productos turcos. Luego pudimos probarla en Estambul, en donde la fabrican con muchos sabores y llena de frutos secos, sobre todo en las tiendas de la cadena de confiterías Koska. Y hace poco di con ella en Santa Cruz en la tienda de Sharoj, y los últimos meses se ha convertido en ingrediente habitual en nuestra cocina. Un bol con kéfir, papaya, avena, nueces y halva es una cena ideal para los días en los que terminas cansada y no te apetece nada cocinar.

Variedad de helva de la tienda Koska

Di con esta receta del libro Plenty More, de Yotam Ottolenghi, cuando ya había empezado mi afición a la halva, y decidí que tenía que hacerla sin falta. La he adaptado a mi estilo de cocinar porque, francamente, ya con la cantidad de nueces y halva que lleva es una receta muy, muy calórica, así que traté de aligerar el bizcocho usando yogur en lugar de crema y aceite de oliva en lugar de mantequilla. Ya he comentado antes que desde que empecé con la lactancia estoy comiendo como una lima y no engordo ni un gramo, así que este bizcocho me viene de maravilla porque como además lo hice con harina integral, con desayunar un trozo ya no tienes más hambre hasta la hora de comer. Eso sí, hay que ser conscientes de que es un dulce del que no conviene abusar. Pero un día es un día, y puestos a pecar mejor pecar con esto, que además alimenta, que con uno de esos bollos industriales llenos de calorías vacías. Este bizcocho está repleto de ácidos grasos ricos, de las nueces, y calcio del sésamo. Puestos a engordar, que al menos nos llevemos nutrientes pal cuerpo.   


Ingredientes,

120 gr de nueces troceadas
60 gr de mantequilla
1 cucharada sopera de canela molida
25 gr de panela
150 gr de halva, troceada

200 gr de harina
3/4 de cucharadita de bicarbonato
3/4 de cucharadita de levadura
una pizca de sal
100 gr de azúcar morena
85 gr de aceite de oliva virgen
1 yogur natural
2 huevos, yemas y claras separadas

Calentamos el horno a 180ºC.
Preparamos primero las nueces. Calentamos la mantequilla a fuego suave en una sartén pequeña, hasta que empieze a tostarse. Apartamos la sartén del fuego y cuando se haya enfriado mezclamos la mantequilla con las nueces y la canela. Separamos la mitad de estas nueces y las mezclamos con la panela. Reservamos.
Mezclamos en un bol la harina con el bicarbonato, la levadura y la pizca de sal. En otro mol mezclamos el azúcar con el aceite, el yogur y las yemas de huevo.
Añadimos la mezcla de ingredientes secos a este último bol y removemos hasta tener una mezcla homogénea, con cuidado de no trabajar demasiado la masa.
Batimos las claras a punto de nieve y las añadimos al bol con movimientos envolventes de una espátula.
En un molde de bizcocho forrado con papel de hornear, echamos la mitad de la masa. Ponemos por encima la mitad de nueces que no llevan azúcar, y por encima de estas la halva. Echar la masa restante, y terminar con las nueces que llevaban azúcar.
Hornear 45 minutos. En la receta dicen que hornees hasta que una aguja clavada en el bizcocho salga limpia, pero no lo hagais así porque la halva se derrite y para cuando la aguja sale limpia el bizcocho ya está demasiado horneado. Yo lo tuve 50 minutos y fue demasiado.
Dejar enfriar 20 minutos en el molde antes de desmoldarlo, y no cortarlo hasta que se haya enfriado por completo.  

Animaos a abrir el resto de Ventanas.

viernes, 12 de diciembre de 2014

De la huerta a la mesa: bizcocho especiado de calabaza para nuestro pequeño Sami


Este otoño está siendo especial. La huerta tiene una nueva boca que alimentar. En realidad, todavía no come, tan sólo bebe leche (¡mucha!), cada pocas horas sin importarle que sea de noche o de día. Pero en cierto modo él también está alimentándose de lo que produce la huerta, ya que lo que como yo, al final, es lo que come él. Y bueno, ese es el motivo por el que el blog está un poco parado, mientras nos reorganizamos y el cachorrillo va creciendo y cogiendo fuerzas para incorporarse a la vida hortícola. Que un par de manos pequeñitas van a venir estupendas para escardar las zanahorias ;)


Por ahora el gotxito demanda mucho tiempo, no tanto como para no tener tiempo para cocinar pero sí como para no poder hacer cosas complicadas. Estamos preparando muchas ensaladas, verduras a la plancha, tirando de recetas de archivo de esas que podríamos hacer con los ojos cerrados. Aprovechando las conservas que preparé en septiembre (Sami se adelantó pero tuvo la paciencia de esperar a que terminara la temporada conservera, nació pocos días después de terminar la última tanda de mermeladas y chutneys) y la cosecha que tenemos en el congelador. Muchas noches cenamos un enorme bol de fruta, kéfir, avena y halva, sin más. Ya sabéis, cualquier cosa es mejor que dejarse tentar por el canto de sirenas del fast food. Sin embargo, esto de alimentarle a él a mi me da un hambre de lobo, así que en cuanto tengo media hora preparo bizcochos sanotes, con harina integral y manzana, remolacha, calabacín o, como este, con calabaza. No se tarda nada en prepararlos y vienen de maravilla cuando no hay tiempo para desayunar tranquilo o aprieta el hambre a media tarde. Con unas hermosas calabazas que nos regaló la huerta. Hermosas, enormes, y de carne prieta que son las mejores para repostería. En los últimos dos meses ya he preparado este bizcocho al menos 4 veces, así que se ha convertido en el favorito de la temporada otoñal.



Ingredientes,

2 tazas harina integral
1 1/2 cucharaditas de levadura
1/2 cucharadita de bicarbonato
2 cucharaditas de canela
1 cucharadita de nuez moscada
1/4 cucharadita de clavo
1/4 cucharadita de jengibre
1 taza de puré de calabaza
2/3 de taza de aceite de oliva virgen
1 1/3 tazas de azúcar moreno
3/4 cucharadita de sal
3 huevos

Calentar el horno a 170 ºC.
Mezclar en un bol los ingredientes secos (excepto el azúcar). Batir bien en otro bol el puré de calabaza, con el aceite, el azúcar y los huevos. Añadirle poco a poco la mezcla de harina y especias, removiendo lo justo para tener una mezcla homogénea. Verter en un molde de bizcocho forrado con papel de horno y hornear 1 hora. Una vez fuera del horno, dejar enfriar 10 minutos antes de desmoldar.

Supongo que a más de uno le habrá sorprendido la noticia, ¿no? Con lo calladito que me lo tenía.... aunque seguro que no os sorprenderá si en breve me oís despotricar contra los potitos industriales y las leches de fórmula, ¡volvemos al ataque!

domingo, 31 de agosto de 2014

Tarta rústica de ciruelas y almendra - Galette aux prunes et amandes

Sé que había dicho que iba a publicar una receta de higos asados en conserva, pero tengo que compartir con vosotros esta receta, que es muy fácil, muy resultona, y muy rápida de hacer, antes de que pase la temporada de ciruelas. Yo no sé vosotros, pero en verano hay tanta variedad de frutas de temporada, y todas tan buenas, que a mi me entra una especie de "síndrome de Stendhal" versión hortofrutícola, tengo un ansia por preparar platos y conservar toda esta riqueza de cara al resto del año que llega en ocasiones a preocuparme, me paso el día pensando en el chutney o el pickle que voy a preparar cuando llegue el fin de semana. Llego a casa y me pongo a mirar blogs y libros de conservas para decidir qué será lo próximo, planeo las pateadas por el monte en función de lo que sea recolectable en esta temporada...... ¿me estaré convirtiendo en ardilla? ¿será grave? ¿le pasa esto a alguien más?


En esta ocasión no me hizo falta ir a recolectar, un amigo de D. tenía un enorme excedente de ciruelas y nos trajo unos kilos. Como había que procesarlas rápido no me dio tiempo a buscar recetas exóticas y lo que hice fue mermelada, y con las que estaban más firmes preparé esta tarta. 
La galette es un tipo de tarta que se hace en Francia, con una base de masa quebrada, que puede llevar relleno dulce o salado y que es muy rápida de hacer (siempre y cuando tengáis la masa ya hecha). En Bretaña se llaman galettes a las crepes que hacen con trigo sarraceno. Lo bueno de estas tartas, además de su sencillez, es que ni si quiera necesitan molde ni ningun tipo de artilugio para hacerlas, así que incluso se pueden preparar si estáis aún disfrutando de unas vacaciones en un apartamento alquilado sin vuestros trastos de cocina a mano. Además, como es tan plana es perfecta para llevarla de picnic, así que se merece pasar a nuestra sección especial de Tuppers y picnics.
La receta está tuneada del blog Pastry Affair.

Ingredientes,

50 gr de almendras molidas
40 gr de harina integral
4 cucharadas soperas de azúcar moreno
8 ciruelas, cortadas en láminas
1 cucharadita de tomillo
1 lámina de masa quebrada (comprada o hecha en casa)

Mezclar en un bol la almendra molida, la harina y las 3 cucharadas de azúcar moreno. Reservar.
Extendemos la masa quebrada, en forma circular, en una bandeja de horno. Extendemos encima la mezcla de harina, almendra y azúcar, dejando los bordes de la masa libres. Por encima ponemos las ciruelas, en espiral. Doblamos los bordes de la masa sobre si misma, y espolvoreamos la tarta con el tomillo y la cucharada de azúcar restante.
Horneamos 45 minutos a 210ºC.
Servimos tibia, y ya si la acompañais de una bola de helado de vainilla, desfase total.

martes, 17 de junio de 2014

Le temps de cerises: verrines de cheesecake aux cerises {vasitos de tarta de queso con cerezas}


Seguimos con las recetas a base de productos de temporada, y esta vez ha sido el otro gran protagonista de los mercados quien ha llamado nuestra atención: las cerezas. La temporada de cerezas es breve, pero mientras dura los mercados están inundados de ellas, e incluso en los parques lioneses se pueden ver cerezos "salvajes" cargados de fruta. Es tan popular que hay una canción, Le temps de cerises, que ha sido interpretada por casi cualquier cantante francés que se precie, y que fue elegida por los franceses como una de las canciones que mejor representan su idiosincrasia. Escrita en 1866 por Jean Baptiste Clément, se convirtió en el himno de la Comuna de París, un movimiento revolucionario obrero, basado en la autogestión, que se negó a rendirse ante las tropas de Prusia y que gobernó París durante un breve periodo de tiempo, promulgando leyes como la creación de guarderías para los hijos de las obreras, la laicidad del Estado, la obligación de las iglesias de acoger las asambleas de vecinos y de sumarse a las labores sociales, la remisión de los alquileres impagados y la abolición de los intereses de las deudas. Vaya, lo mismito que aún hoy, siglos después, querríamos conseguir...... Llegó a su fin tras los combates de la Semana Sangrienta, cuando el gonierno provisional la aplastó con extrema dureza. La letra de la canción habla de la felicidad efímera, tan efímera como la temporada de cerezas.  
Cuando estemos en el tiempo de las cerezas el alegre ruiseñor y el mirlo burlón estarán de fiesta. Mujeres hermosas tendrán la locura en la cabeza y los enamorados, sol en el corazón.
Cuando cantemos en el tiempo de las cerezas silbará aún mejor el mirlo burlón. Pero es muy corto el tiempo de las cerezas cuando soñando vamos los dos a cortar pendientes para las orejas…
Cerezas de amor iguales que rosas que caen bajo el follaje como gotas de sangre… Pero es muy corto el tiempo de las cerezas, pendientes de coral que se cortan soñando.
Cuando estéis en el tiempo de las cerezas, si acaso teméis las penas de amor, evitad a las hermosas mujeres. Yo, que no les temo a los grandes dolores, no viviré ya un día sin sufrir…
Cuando estéis en el tiempo de las cerezas, vosotros también penaréis de amor. Por siempre amaré el tiempo de las cerezas. Es de ese tiempo del que guardo en el corazón una herida abierta.
Y aunque se me ofreciera la dama Fortuna, no podría jamás calmar mi dolor. Por siempre amaré el tiempo de las cerezas, y el recuerdo que guardo en el corazón.
El autor, combatiente de la comuna, tras retornar del exilio años después, dedicó la canción a una joven enfermera caída en combate. Como dicen en el programa "El oído atento" de Radio3, que le dedicó un especial hace poco  "al final, sin hablar de fusiles ni declaraciones programáticas, ha acabado siendo una de las más hermosas canciones revolucionarias de la historia de la clase obrera. Una vez más se demuestra que la poesía es más efectiva que el panfleto."


Nosotros querríamos haber hecho un clafoutis, mucho más francés que un cheesecake, para honrar a esos revolucionarios franceses, pero en el apartamento que tenemos alquilado no hay horno. Así que echando mano de otros ingredientes, también tan franceses como Marianne, hemos preparado estas verrines. Este no es un postre del que convenga abusar, lleva grasa, lleva azúcar, pero ¡qué demonios! el tiempo de las cerezas llega sólo una vez al año. Festejémoslo como merece, disfrutando el momento efímero, sin pensar en el mañana por una vez. 

Ingredientes, para 4 vasitos muy generosos, o para 6 normales

para la base:
unas 5 cucharadas soperas de mantequilla a temperatura ambiente (70 gr aproximadamente)
125 gr de galletas "petit beurre" integrales (se pueden sustituir por galletas de tipo digestive)

para la crema:
150 gr de queso St Moret (o queso de tipo philadelphia)
algo menos de 1/3 de taza de azúcar
la ralladura de la piel de 1/2 limón
200 ml de "crème fleurette" (nata de leche entera para montar, con un mínimo de 30% de materia grasa. Es el nombre que se le daba a la nata que sacaban después de dejar reposar la leche recién ordeñada, aunque ahora la venden pasteurizada)

para la cobertura:
250 gr de cerezas
3 cucharadas soperas rasas de azúcar


Metemos la crème fleurette (la nata para montar) y el recipiente en el que vayamos a montarla en el congelador.
Preparamos la base machacando las galletas y mezclándolas bien con la mantequilla a temperatura ambiente cortada en dados. Rellenamos el fondo de los vasos, presionando bien, y los pasamos al frigorífico.
Batimos el queso con el azúcar y la ralladura de limón. Reservamos.
Montamos la nata en el recipiente que previamente hemos dejado en el congelador (nosotros tuvimos que montar la nata con un tenedor.....) y la mezclamos delicadamente con la mezcla de queso y azúcar. Rellenamos los vasos con esta mezcla, cuidando de dejar la superficie plana. Los metemos al menos 4 horas en el frigorífico, e idealmente toda la noche.
Preparamos una confitura con las cerezas, a las que le quitaremos los huesos, y el azúcar. Reservamos. 
Cuando vayamos a servir los vasitos, repartimos la confitura de cerezas por encima, y decoramos con dos cerezas crudas (si es que el monstruo de las cerezas ha dejado alguna).

Está muy bueno. Pero que muy, muy bueno. Probadlo y ya me contaréis.




lunes, 14 de abril de 2014

Cruasanes en la cumbre, esta vez de masa madre


El primer sábado de abril cumplimos con la tradición de subir al Roque del Conde a ver amanecer. Desde el 2009 no hemos fallado ni un solo año. Empezamos a caminar a la 6:15 a.m. para llegar allí antes de que salga el sol. Cada año el paisaje es diferente, y la luz va cambiando a medida que ascendemos. Al principio hay que caminar con frontal, cuando nos acercamos a la cumbre ya podemos apagar las linternas y dejar que la luz del alba ilumine el camino. Hay años que el canto de las pardelas en el barranco que hay que cruzar antes de iniciar el ascenso es ensordecedor, otros años la vegetación en la cumbre es exhuberante por las lluvias invernales. La naturaleza nos sorprende cada vez con algo distinto.
Lo que no ha cambiado es el estupendo desayuno con el que nos damos un homenaje después de ver salir el sol. Cruasanes, café con leche, chocolate, quesos variados.... y este año incluso zumo de naranja natural. Desde la primera vez que subimos, con N., hasta estos últimos años en los que cada vez son más los amigos que se apuntan. Casi todos los que suben una vez repiten después año tras año, a pesar del madrugón que hay que pegarse, del frío que hace arriba hasta que empieza a calentar el sol. El aire que se respira en la montaña antes de que salga el sol, la luz cálida de los primeros rayos, todo hace que sea algo un poco mágico que engancha. Además que en el fondo a los humanos nos encantan las tradiciones, no sé si como manera de marcar el paso de los años o por qué razón, pero es así. A mí las tradiciones impuestas no me gustan, la navidad me resulta deprimente y no sé por qué todos tenemos que estar contentos el 31 de diciembre. Sin embargo esta tradición que nos hemos inventado nosotros me encanta, mientras subo siempre pienso en lo bueno que ha pasado en el año que dejo atrás, para mí este es el auténtico comienzo del año nuevo. Y por eso año tras año subimos a agradecerle a Ichasagua que seguimos siendo hombres (y mujeres) libres ;) Aunque me gustaba más el cartel que había antes.


Siempre he usado la receta de los cruasanes rápidos-rápidos de Canny, pero esta vez decidí hacer los cruasanes con masa madre, y fue un acierto. Los cruasanes tengo que hornearlos la tarde antes, porque salimos de Santa Cruz a las 5:00 a.m. y lo dejamos todo preparado antes de ir a dormir, y si se hacen con levadura nunca estan tan tiernos como recién horneados. Sin embargo, con masa madre se conservan perfectos. Este año estaban más tiernos y esponjosos que nunca. La técnica que usé es similar a la que se usa para hacer roscón, sólo que la masa de los cruasanes no tiene tanta hidratación lo que facilita bastante el trabajo. Hay que amasar antes de incorporar la mantequilla para que se desarrolle bien el gluten y luego suban bien. Yo uso la técnica del amasado francés, colgué un vídeo en la receta del roscón de reyes.

 

Ingredientes, para 24 crusanes de tamaño medio

70 ml de leche
150 gr de masa madre
1 huevo
25 gr azúcar
300 gr de harina de trigo de fuerza (ecológica, molida en molino de piedra)
2.5 gr de levadura seca de panadero
1 cucharadita de café de sal
130 gr de mantequilla a temperatura ambiente cortada en cubitos

Mezclamos todos los ingredientes excepto la sal y la mantequilla. Amasamos usando el método Bertinet (o amasado francés) hasta tener el gluten desarrollado. Entonces añadimos la mantequilla y la sal y amasamos hasta integrar la mantequilla. Dejamos levar la masa hasta que doble su volumen (en mi cocina fueron unas 5 horas). 

Volcamos la masa sobre la encimera y dividimos en tres bolas, aplastamos en forma de círculo cada bola, hasta que tenga un grosor de medio centímetro. Dividimos cada círculo en ocho porciones radiales (como si estuviésemos cortando una pizza) y enrollamos cada porción empezando por el lado más ancho. Ponemos en una bandeja de horno forrado con papel, pincelamos con huevo batido y dejamos levar, tapados, otra vez hasta que doblen su volumen. Precalentamos el horno a 190º. Antes de hornear los cruasanes volvemos a pincelarlos con huevo batido. Horneamos hasta que estén dorados (unos 15 minutos). Dejamos enfriar en una rejilla.

jueves, 27 de febrero de 2014

Brownie de algarroba y avellanas {las legumbres en la dieta con Ventanas Verdes}


 

Este mes las Ventanas Verdes hemos decidido dedicar nuestras recetas a las legumbres, ese humilde pero tan importante ingrediente de la dieta mediterránea que tan olvidado está últimamente en la mayoría de los hogares. Y yo he decidido dedicarle la entrada a una legumbre que es de las más olvidadas entre las olvidadas: la algarroba.
Hace un año ya os hablé de las bondades de las legumbres y de la manera en que hay que cocinarlas para que sean lo más nutritivas posibles, así que esta vez me voy a centrar en hablaros de la algarroba. Los frutos de esta leguminosa arbórea ya se consumían en el antiguo Egipto hace miles de años, y era considerado un árbol sagrado por los romanos. Era muy apreciado porque era una fuente natural de azúcares, por su alto contenido en sucrosa, antes de que hubieran aprendido a procesar la caña de azúcar o la remolacha azucarera. Las vainas de la algarroba, de donde se saca su harina, son ricas en hierro, fósforo y calcio (tiene 3 veces más que la leche), y además es muy rica en fibra.
Es un árbol completamente vinculado a la cuenca mediterránea y por lo tanto a su dieta. De hecho, donde mejor crece es en suelos calcáreos bien ventilados, no soporta el frío ni los suelos encharcados (me siento completamente identificada...). En España se sigue cultivando en Cataluña y Baleares, y somos el principal exportador a nivel mundial.
Siendo tan mediterráneos, no es difícil encontrarlos mirando al mar
 Las semillas de la algarroba se llaman garrofines, y parece ser que debido a que tienen un peso muy uniforme eran usadas por los joyeros árabes y judíos para pesar el oro. Su nombre en árabe era al-karat, de ahí pasó a quirat y de ahí a quilate. Así que de la humilde algarroba viene nada más y nada menos que la unidad de peso del oro. Alucinante, ¿no? Si queréis saber más sobre esta planta, leed esta interesante entrada.
Supongo que su escasa fama actualmente en España viene del hecho de que en la posguerra se usaba como sustituto del chocolate, que escaseaba. Es cierto que da una coloración parecida, y un sabor tostado que, al primer mordisco, recuerda al chocolate, pero al algarrobo hay que probarlo queriendo conocer su sabor y no como sucedáneo de nadie.


Como ya he dicho antes, la harina de algarroba es rica en sucrosa, y de ahí viene una de sus ventajas a la hora de usarla en repostería, ya que nos permite hacer bizcochos con menos endulzantes.

Ingredientes,

1/2  taza de harina integral de trigo Aragón 03
6 cucharadas soperas de harina de algarroba
1/4 de cucharadita de sal
3/4 de taza de azúcar moreno
1/2 taza de aceite de oliva virgen
2 huevos
1 cucharadita de extracto de vainilla
1/2 taza de avellanas

Para pelar y tostar las avellanas las ponemos en una sartén a fuego medio, y las vamos moviendo hasta que veamos que empiezan a ponerse doradas. Mientras aún están calientes, las envolvemos en un trapo seco y las restregamos para que suelten la piel. Las machacamos atizándoles con el mortero para trocearlas un poco.
Mezclamos en un bol los ingredientes secos, excepto las avellanas y el azúcar.
En otro bol mezclamos el azúcar con el aceite, mezclamos bien y añadimos los huevos y el extracto de vainilla, y batimos bien. Añadimos los ingredientes secos y las avellanas, mezclando sólo hasta tener una mezcla homogénea.
Vertemos en un molde previemente forrado con papel de hornear. Es conveniente que el molde sea lo suficientemente grande para que no quede una capa de masa muy gruesa.
Horneamos 30 minutos a 175ºC. Es un brownie, así que no hay que dejar que se haga demasiado. Cuando al pincharlo la aguja salga casi limpia, es hora de sacarlo del horno.

Está muy bueno, pero como os he dicho antes no os esperéis que sepa a chocolate. Tiene un sabor particular, con notas tostadas predominantemente. Probadlo, seguro que os engancha.

Como siempre os invito a que visitéis al resto de Ventanas Verdes.


miércoles, 5 de febrero de 2014

De la huerta a la mesa: bizcocho de remolacha y chocolate con masa madre integral


Este invierno está siendo bastante lluvioso, y nuestra isla está verde como hace tiempo no la veíamos. Da gusto pasear por cualquier parte, incluso por el sur que normalmente es árido y marrón (a los que vivís aquí os recomiendo especialmente el paseo hasta el faro de Rasca, está espectacular). El pasado fin de semana aprovechamos que las lluvias dieron un descanso para caminar un rato por Teno Alto. Al principio el cielo estaba azul, pero a medio día en menos de media hora se metió una nube que nos rodeó por completo, dándole al paisaje el aspecto misterioso de una isla de cuento. Si en cualquier momento hubiese aparecido por allí un dragón o un hobbit no me habría sorprendido. Sé que esta no es la idea que tiene de Tenerife la mayor parte de la gente, por eso no me canso de enseñar en este blog su otra cara, menos conocida pero sin duda alguna mi favorita. Si sigue así, esta primavera va a estar todo espectacularmente bonito. Avisados estáis.


Y bueno, vamos a la receta. Como ya sabéis me encanta poner hortalizas en los bizcochos, porque además de hacerlos más saludables y nutritivos les aporta una humedad que me gusta mucho. Y porque así uso los productos de mi huerta, y en estos momentos lo que está de temporada son las hortalizas de raíz (remolachas y zanahorias) y la hoja verde. En este caso además decidí usar mi excedente de masa madre. El motivo es que ya siempre uso harina integral en los bizcochos. Pero no una harina "presuntamente" integral, de esas que venden por ahí. No. Uso harina totalmente integral, molida en molino de piedra y con todo el germen y el salvado. Como ya expliqué hace tiempo, el salvado de los cereales contiene importantes cantidades de potasio, magnesio, hierro y zinc, pero también contiene ácido fítico, que inhibe la absorción de dichos minerales. En presencia de ácido fítico los minerales se unen a este y se hacen insolubles, de manera que nuestro intestino no los absorbe. La deficiencia de magnesio es un problema muy habitual y el cereal integral es una fuente de este mineral, sin embargo nuestro cuerpo no lo absorberá a menos que el ácido fítico haya sido neutralizado. Los lactobacilos se encargan de eso, ya que son una fuente de fitasa, la enzima que cataliza los compuestos formados por el ácido fítico y los minerales, rompiendo esa unión y haciendo que los minerales sean de nuevo solubles y puedan ser absorbidos por nuestro organismo. Así que pensé que hacer bizcochos con masa madre sería la manera óptima de aprovechar todos los nutrientes de esa maravillosa harina. El resultado ha sido un bizcocho nutritivo y lleno de fibra (un trozo en el desayuno y no tienes hambre en toda la mañana) pero al que en cuestión de sabor no le haría sombra ningún brownie cargado de azúcar y harina refinadas. Y del que espero que Lucía esté orgullosa, porque va dedicado especialmente a ella, para agradecerle la preciosa reseña sobre este humilde blog que ha hecho en la web Alimmenta. Su blog es el lugar perfecto para aprender de nutrición de manera rigurosa y clara, y nunca me cansaré de recomendarlo.



Ingredientes,

150 gr de masa madre
75 gr de harina de trigo integral
50 gr de cacao puro en polvo
1/2 cucharadita de levadura de repostería
1/2 cucharadita de bicarbonato sódico
2 huevos, separadas yemas y claras
170 gr de aceite de oliva
200 gr de panela rallada
50 gr de almendra laminada
media remolacha cruda, rallada (~150 gr)

Calentamos el horno a 170ºC, y preparamos un molde redondo forrando con papel de hornear el fondo y untando de aceite los laterales. 
Mezclamos en un bol la harina, el cacao, la levadura y el bicarbonato. En otro bol mezclamos bien la masa madre, el aceite, las yemas de huevo, la panela y la remolacha rallada. A ser posible, dejamos reposar media hora (la hidrolización también es una manera de descomponer los fitatos, y para eso es conveniente el remojo). Añadimos las almendras, y, poco a poco, la mezcla de la harina, hasta que se integre pero sin trabajarla demasiado.
Montamos las claras a punto de nieve, y cuando tengan consistencia de picos duros lo añadimos al resto de ingredientes, en varias tandas, con una espátula y cuidadito, haciendo movimientos envolventes, sin trabajar mucho la mezcla. 
Pasamos la mezcla al molde y horneamos 50 minutos o hasta que al pinchar con una aguja el centro del bizcocho esta salga limpia. Si veis que se el bizcocho se oscurece demasiado por encima pero aún no está hecho tapadlo con un papel de hornear.
Dejamos que el bizcocho se enfríe por completo antes de desmoldar.

jueves, 23 de enero de 2014

Galletas de tahini, chocolate y almendra {El calcio en la dieta con Ventanas Verdes}


Llevo un mes largo desconectada del blog y de la blogosfera. Estas navidades me fui a Madrid y ni me llevé el portátil, preferí dedicar todo el tiempo disponible a la familia y los amigos. Y a la vuelta entre hacer roscones de reyes, el curro y algunas visitas que vinieron poco tiempo me ha quedado. Pero no podía faltar a mi cita con Ventanas Verdes. Terminé el año 2013 con ellas y comienzo el 2014 con ellas también.

Este mes el tema que hemos elegido es el calcio en la dieta. Necesitamos calcio para que nuestros huesos estén fuertes y sanos. Pero cuando hablamos de qué alimentos son ricos en calcio todo el mundo piensa automáticamente en la leche. Sin embargo hay muchos otros alimentos que contienen cantidades de calcio suficientes como para que alguien que no puede o no quiere tomar lácteos tenga sus necesidades de calcio cubiertas. El brócoli, las almendras, la avena o el sésamo son algunos de ellos. En el caso del sésamo asimilaremos mucho mejor el calcio si lo que tomamos es tahini, que es una pasta que se hace moliendo el sésamo. El tahini se usa muchísimo en la cocina de oriente próximo, y también en la cocina griega y turca. En Turquía preparan un dulce que se llama halva, y que es una especie de turrón blando de sésamo. Yo me he aficionado a desayunar todos los días una tostada con tahini y miel, que según nos contó un amigo es el desayuno nacional en Líbano y Siria.

Algo a tener en cuenta es que para asimilar el calcio nuestro cuerpo necesita vitamina D, y según muestran algunos estudios en particular vitamina D3. La vitamina D3 (corrección de Lucía ;) sólo se encuentra en alimentos de origen animal, como la yema de huevo, la mantequilla (siempre que sea de leche de vacas alimentadas con pasto), algunos pescados.... También la sintetiza el cuerpo de manera natural al recibir radiación ultravioleta. Algo que me ha resultado muy curioso ha sido aprender que la vitamina D3 se sintetiza ¡a partir del colesterol! Esa sustancia que tenemos por el enemigo, pues resulta que los veganos la necesitan para sintetizar vitamina D3, ya que ellos no consumen tampoco huevos y, por lo tanto, no se alimentan con ningún producto que contenga vitamina D3. Y los veganos que viven en sitios donde da poco el sol tienen que tomar suplementos de vitamina D, ya que de otra manera corren el riesgo de tener serios problemas de huesos.


Yo este mes he optado por hacer unas galletas para el desayuno muy ricas en calcio. La receta es una adaptación, muy muy libre, de unas galletas de tahini que vi en el libro Jerusalem, de Yotam Ottolenghi y Sami Tamimi. He reducido la cantidad de azúcar, y he usado panela. También he sustituido parte de la mantequilla por aceite de oliva, y he usado harina integral y he sustituido parte de la harina de trigo por almendra molida y cacao en polvo. Vaya, que mi receta no tiene nada pero nada que ver con la de Ottolenghi, pero que su libro fue mi fuente de inspiración. Si queréis podéis hacer estas galletas veganas si sustituís la mantequilla por aceite de oliva. Yo no lo hice porque la mantequilla contiene vitamina D, que como expliqué antes es necesario para asimilar el calcio. Estas galletas son muy fáciles de hacer. Su sabor recuerda un poco a los polvorones, supongo que por la almendra. Es como un polvorón crujiente de halva. No son nada empachosas y son muy ligeras.

Ingredientes,

100 gr de panela (o azúcar moreno)
50 gr de mantequilla ecológica (de leche de vacas alimentadas con pasto)
75 gr de aceite de oliva virgen
1/2 cucharada de extracto de vainilla
100 gr de tahini
120 gr de almendra molida
175 gr de harina de trigo integral
25 gr de cacao en polvo

Calentamos el horno a 190ºC.
Batimos la panela rallada con el aceite de oliva y la mantequilla. Cuando tengamos una mezcla homogénea añadimos la vainilla y el tahini, mezclamos y añadimos la almendra molida, el cacao y la harina. Debe quedar una mezcla con la consistencia suficiente como para que podamos hacer bolitas.
Ponemos papel de hornear en una bandeja de horno. Vamos haciendo bolitas con la masa, y ponemos las bolitas en la bandeja de horno, separadas unos tres centímetros. Aplastamos las bolitas con un tenedor, haciendo marcas en dos direcciones perpendiculares.
Horneamos 15 minutos. Dejamos enfriar en una rejilla. Las galletas cuando las saquemos del horno estarán un poco balnditas, así que hay que traspasarlas a la rejilla con mucho cuidado.

Como siempre os animo a que abráis el resto de ventanas aquí.

martes, 8 de octubre de 2013

Chocolate stout cake: bizcocho de chocolate y cerveza negra


Estamos de enhorabuena: varios artesanos "emprendedores" se han animado a hacer y comercializar cerveza artesana en Tenerife. Que conste que con esta entrada no me llevo birras gratis ni nada de eso, pero cada vez hay más gente en Tenerife que está haciendo cosas "con alma" (como diría D.) y creo que se merecen toda la difusión que les podamos dar. Así que esta va a ser la primera entrada de una serie que quiero dedicar a esa gente que se está dejando la piel por hacer las cosas bien. Gente que se ha animado a hacer pan, cerveza, pasta fresca, repostería.... todo artesano, hecho con el corazón, con buenos ingredientes y dedicación. Se merecen nuestro respeto y nuestro agradecimiento, porque su labor es como nadar contracorriente: los consumidores se han acostumbrado a pagar precios bajos por comida/bebida de baja calidad, y la tarea de concienciar a la gente de que es mejor consumir menos pero de más calidad no es fácil. Evidentemente no te va a costar lo mismo una cerveza artesana que una industrial, pero, qué queréis que os diga, entre beberme 1 artesana o 3 industriales me quedo con lo primero.

La Chutney se elabora en La Laguna, y ahora mismo están comercializando dos tipos de cerveza: la Willie Sutton, que es de tipo American Pale Ale, y la Albert Spaggiari, que es una Chocolate Stout. Ponen nombres de atracadores a sus cervezas, y en cada etiqueta te cuentan la historia del tipo en cuestión (por cierto, no sé quien les ha hecho el diseño de las etiquetas pero me parece buenísimo). Y aunque aún no venden su cerveza en tiendas, si les llamas, les mandas un e-mail o les dejas un mensaje en el FB te llevan las cervezas a casa.

Yo, como buena madrileña que soy (nací frente a la fábrica de Mahou, ¿qué puedo hacer?), soy bastante cervecera. A mi dejadme de mojitos, cubatas y guarrerías con alcohol destilado. Yo le pego a lo fermentado: la birra y el vino. Y las Chutney, además, ¡no están pasteurizadas! Para aquellos que acaben de aterrizar por estas páginas debo decirles que soy una friki de la fermentación, nuestras amigas las bacterias fermentadoras y sus beneficios para nuestra salud. Y el hecho de que una cerveza no esté fermentada significa que, además del relajador efecto del alcohol, te estás metiendo pal cuerpo a todos esos bichillos que han hecho su trabajo fermentando la birra y que le van a venir de maravilla a tu intestino y, por ende, tu sistema inmunitario. A ver, no tengo intención de animaros al estilo Tierno Galván a que os pongáis hasta el culo, pero lo cierto es que una cervecita cuando vuelvo a casa del trabajo me sienta de lujo....   

Y bueno, de nuevo como buena madrileña me bebí las cervezas rubias y con las negras hice bizcocho :) No soy muy de cerveza negra aunque estoy seguro que a los que sí seáis la Albert Spaggiari os va a encantar tanto o más como me gustó a mi la Willie Sutton, que está llena de matices. Yo hice este bizcocho de chocolate, que tiene un sabor no apto para infantes, ya que no es el típico bizcocho de chocolate porque se nota el sabor de la cerveza. Pero está muy bueno, mejor al día siguiente. Además lleva relativamente poco mantequilla para lo que son estos bizcochos, y miel y panela como endulzantes. En el curro triunfó.


Ingredientes,

una botella de Albert Spaggiari Chocolate Stout de Cervezas Chutney, o alguna otra cerveza negra
110 gr de mantequilla
100 gr de panela (o azúcar moreno)
100 gr de miel
150 gr de cacao en polvo
2 tazas de harina de trigo integral (yo usé la Aragón 03 de Ecomonegros, que es harina molida en molino de piedra)
1 y 1/2 cucharaditas de bicarbonato sódico
3/4 de cucharadita de sal
3 huevos

Calentamos el horno a 180ºC.
Engrasamos un molde de bizcocho, bien tipo bundt o bien algún otro molde grandecito.
En un cazo a fuego medio reducimos la cerveza hasta que queden 240 ml (una taza). Añadimos la mantequilla, la panela y la miel, removemos hasta que se deshagan y dejamos que se enfríe.
En un bol mezclamos la harina con el bicarbonato, la sal y el cacao en polvo.
En otro bol batimos los huevos. Añadimos la mezcla de cerveza y luego poco a poco la mezcla de los ingredientes secos. 
Vertemos en el molde, y horneamos 35 minutos. 
Sacamos del molde y dejamos que este se enfríe antes de desmoldar.
 

domingo, 25 de agosto de 2013

Ka'ach bilmalch, rosquillas saladas de Jerusalem


Perdonad mi ausencia, pero me hallo en estos momentos poseída por el espíritu de una ardilla, una marmota, o algún otro bicho recolector, de los que tienen que prepararse para la llegada del invierno, pero en lugar de guardar semillas y frutos secos en mi madriguera estoy en plena vorágine conservera, haciendo mermelada de higos, chutneys variados, conservas de tomate, pickles de todo lo "pickleleable".... desde que llegué de vacaciones no he parado. Llego del curro y me pongo a conservar. Ya lo he dicho alguna vez, pero a los que tenemos huerta deberían darnos libre del 15 de agosto al 15 de septiembre. En plena época de cosecha, ¿cómo se les ocurre obligarnos a pasar 40 horas semanales currando, con lo ocupados que estamos conservando lo recolectado de cara al invierno? No es que en otoño no tengamos huerta, pero no hay nada como la abundancia del verano. El resto del año tenemos zanahorias, remolachas, puerros, espinacas... un montón de cosas muy buenas. Pero, desde mi punto de vista, los cultivos de verano son los reyes absolutos de la huerta. No hay tomates que sepan como los recién recogidos, bien rojos por dentro, en su punto justo de maduración, ni berenjenas tan tiernas y cremosas como las nuestras. Y no hay nada como abrir en enero un bote de pisto casero, o uno de berenjenas encurtidas. O el placer de tener amigos en casa e improvisar una cena a base de queso, chutney, ensalada, pickles de calabacín y pan casero. Todo hecho en casa, sin conservantes ni guarradas artificiales, con trazabilidad absoluta. Los que tenéis huerta me entendéis, ¿verdad?

Esta receta se la dedico a todas esas personas que, como nosotros, están ahora mismo dedicándose a buscar botes de cristal vacíos, pasando tardes de esterilizar botes, remover ollas con cucharas de madera, picando, mezclando, espesando... Viva el espíritu ardilla. Que no decaiga.
Para que tengáis algo que picotear mientras tanto y no os abandonen las fuerzas, estas rosquillitas. La receta es del libro "Jerusalem" de Sami Tamimi y Yotam Ottolenghi. Son deliciosas, perfectas para comerlas con una cerveza o un vinito. De aperitivo, o para aguantar hasta la hora de la cena, sobre todo si estáis cenando a horas tan tardías como nosotros últimamente. Aunque el esfuerzo merece la pena, ¿no?



Ingredientes, para unas 40 rosquillas

500 gr de harina de trigo blanca
100 ml de aceite de girasol
100 gr de mantequilla a temperatura ambiente
1 cucharadita de levadura seca de panadero
1 cucharadita de levadura de repostería
1 cucharadita de azúcar
1 y 1/2 cucharaditas de sal
1/2 cucharadita de comino molido
1 y 1/2 cucharadas de semillas de hinojo tostadas y majadas en el mortero
100 ml de agua
1 huevo
2 cucharaditas de semillas de sésamo blanco y sésamo negro (ajenuz)

Calentar el horno a 200ºC. Mezclar todos los ingredientes excepto el huevo y el sésamo y amasar bien. Tiene que quedar una masa suave pero nada pegajosa.
Poner papel de horno en una bandeja. Ir cogiendo trozos de masa de unos 25 gr. Hacer rollitos de unos 12 cm de largo, y juntar los extremos para formar una rosquilla. Ir poniéndolas en la bandeja, dejando un par de cms de separación entre ellas, y cuando tengamos todas las rosquillas formadas pincelamos con el huevo batido, espolvoreamos con las semillas de sésamo y dejamos reposar 30 minutos.
Pasado los 30 minutos horneamos unos 20 minutos o hasta que estén bien doradas.
Antes de comerlas (o de guardarlas) las dejamos enfriar totalmente en una rejilla.

Y ahora os dejo que tengo unos tomates ropreco que esperan a ser convertidos en salsa ;) ¡Ánimo huerteros! Y si necesitáis inspiración, todas mis recetas de conservas están aquí.

 

viernes, 14 de junio de 2013

Florencia y Toscana: i cantucci di Prato

  

¡Ya estoy de vuelta! El trabajo y un congreso en Florencia me han mantenido alejada del blog, aunque a cambio aproveché para disfrutar unos días de la Toscana, esa región tan popular de Italia por su  idílico paisaje de colinas, viñedos y olivares.

Ya había estado en Florencia hace años, pero era un viaje del colegio y no fui capaz de apreciar en toda su grandeza el capital artístico que tiene la ciudad. Es impresionante. Apabullante.  Llegué a entender a Stendhal y su famoso síndrome. Cada rincón, cada barrio, tiene una iglesia renacentista con frescos o esculturas de una hermosura inabarcable. Nos pasamos horas y horas paseando por sus calles y plazas.

Está por supuesto el Duomo, con la cúpula de Brunelleschi que en su momento fue un prodigio de la arquitectura. Aunque a nivel artístico me llamó más la atención la Iglesia de San Miniato al Monte, una joya medieval que se conserva en perfecto estado desde el Románico. Y está la galería de los Uffizi, en donde tienen tantas obras maestras que hasta los rincones de los pasillos están cuajados de esculturas griegas y romanas. En los Uffizi decidimos centrarnos en tres cuadros: el "Nacimiento de Venus" y "La Primavera" de Botticelli, y "La batalla de San Romano" de Paolo Uccello. Este último pasa inadvertido a la mayoría de los visitantes, y sin embargo fue revolucinario en el momento en el que se dibujó, en el siglo XV, por su técnica (¡la perspectiva!) y su planteamiento.


En Toscana visitamos San Gimignano, una preciosa ciudad amurallada medieval, Siena, la joya del gótico, y Lucca, con sus murallas ajardinadas y la maravillosa fachada de la iglesia de San Martino. Y lo mejor de la visita a Lucca fue conocer ¡por fin! a Monica. Todo el que lleva unos añitos en la blogosfera conoce su blog, fue de los primeros que yo empecé a seguir no sólo por sus recetas, que ya sería motivo suficiente, sino por su personalidad, por su simpatía, por su cultura, por su delicadeza. Gracias a una coincidencia del destino nuestros caminos se cruzaron en Lucca. En persona es aún más encantadora, conocerla fue uno de los mejores momentos del viaje. Ya sabes, Mo, il faut cultiver notre jardin ;)

Y bueno, ¡qué decir del paisaje toscano! Una tierra en donde crecen los olivos y las viñas, las higueras y el trigo, y los tomates, calabacines y berenjenas.... esos cultivos para mi son el compendio de la felicidad. No necesito más. Vaya, que si fuera rica, me compraba una "azienda" y para allá que me iba.


Lo malo es que no había tiempo para todo y el tema gastronómico quedó un poco de lado. A pesar de mi amor por la gastronomía prefería quedarme sin comer pero ver en vivo, con detenimiento, "La Primavera". Aún así comprobamos que se come bien casi en cualquier trattoria de barrio, y casi todos los días, para la cena, caía un plato de ravioli o tagliatelle frescos con una copa de Chianti en algún restaurante. A mediodía solíamos hacer un picnic con pan toscano, de masa madre y sin sal, y algún salami toscano, cuya calidad me sorprendió, ya que sabéis que yo soy poco carnívora y aún menos de embutidos y sin embargo estos me parecían deliciosos. Me llevé un poco de chasco con los mercados callejeros, que no abundan (sólo encontramos uno en toda nuestra estancia), aunque quizá sea debido a que la temporada de huerta allí es el verano.


El par de sitios que recomendaría para comer son "La Casalinga", en el barrio de Santo Espirito, y el Mercato Centrale, en particular un puesto regentado por una "mamma" italiana auténtica (aunque el puesto se llama Pork's, ¡un nombre horrible!) en el que la especialidad es el "panini porchetta peperoni" (un bocata de pata y pimientos, vaya) y las "sarde a beccafico" (sardinas rellenas). En "La Casalinga" es recomendable reservar, a no ser que queráis esperar una horita (como nosotros) para cenar.

Y de postre, los famosos "cantucci di Prato" con "il vero vin santo". Como los cantucci son secos, se comen remojados en vino. Me encantan los cantucci, los podría haber tomado de postre a diario. ¡Y además son fáciles de hacer! Eso sí, lo que no he encontrado es sustituto para el vin santo. Probamos con Moscatel pero no tiene naaaaada que ver. Si algún italiano sabe qué vino español es equivalente, que me lo diga por favor. Aunque, de todos modos, como desayuno con el café con leche también están buenísimos. Aquí os dejo mi receta. A Giuseppe, que fue el catador, le encantaron, así que me quedé muy satisfecha.

Ingredientes,
200 gr de harina
200 gr de azúcar
1/2 cucharadita de bicarbonato
1 cucharadita de cremor tártaro
una pizca de sal
2 huevos + 1 clara
1/2 cucharadita de extracto de almendras
1/2 cucharadita de esencia de vainilla
100 gr de avellanas crudas
50 gr de almendras crudas peladas

Lo primero que hacemos es tostar las almendras y las avellanas en una sartén a fuego medio. Si queréis pelar las avellanas, cuando aún estén calientes, las ponéis en un paño seco y las restregáis unas contra otras.
Encendemos el horno y lo ponemos a 180ºC.
A continuación mezclamos los ingredientes secos en un bol, añadimos los huevos, el extracto de almendras y la esencia de vainilla y amasamos lo justo para tener una mezcla homogénea (no hay que trabajar la masa en exceso). Es una masa muy pegajosa y húmeda, así que es ideal para un robot de cocina. Si no, tendremos que trabajarla con las manos húmedas. Por último añadimos las almendras y avellanas.
Dividimos la masa en dos porciones y formamos cilindros de unos 5 cm de ancho y 18 cm de largo. Los pasamos a una bandeja de horno, dejando espacio entre ellos porque crecen bastante. Los aplastamos un poquito, pero no demasiado ya que la masa ya va a bajar por si sola.
Horneamos 25 minutos a 180ºC.
Sacamos del horno y dejamos enfriar 10 minutos. Bajamos la temperatura del horno a 160ºC.
Con un cuchillo de sierra cortamos en porciones de un par de cms de ancho, que dejamos en la bandeja de horno con el lado del corte hacia arriba. Horneamos 10 minutos, les damos la vuelta y horneamos otros 10 minutos. Cuando empiecen a estar dorados, los sacamos del horno y dejamos enfriar en una rejilla.
Se guardan en una lata o un tarro de cristal, y dicen que aguantan bien bastantes días.... aunque en casa no vamos a comprobarlo.